Salía y entraba de mis sueños brumosos, obsequiándome la vista y la textura de unas manos dónde en un tiempo, tal vez lejano, habían existido unas heridas. Heridas viejas. La carga de un pasado imposible de olvidar o que avivaba en el presente aquello que fué.
El mérito era reconocer la derrota, solían decir algunos. Otros decíamos que el mérito estaba en vencer el miedo, a saber, como en todo habían pocas certezas. O ninguna.
Lo cierto era que en sueños se mostraba tal como era y no me inquietaba, me inquietaba más el desvelo conseguido cuando una vez despierta ningún otro pensamiento, que no fuera la visión de aquellas manos, conseguía alojarse en mi cabeza.
Cicatrices que deformaban la piel, que borraban todo aquello con lo que se ha nacido, lo natural era que no existiesen , pero allí estaban.
¿Querría aquello decir, en caso de consultar a un quiromántico, que tal vez tener cictarices en las manos significase que no se tenía destino o era totalmente incierto? El no poseía destino, o rehuía de acercarse mucho a las sendas que le mostraran un horizonte claro. Por imposibilidad o por desgano. O porque le era más cómodo sentarse a ver pasar los trenes, sin tomar alguno, tal vez esperaba una corazonada, o esa certeza nunca conocida que le diera el empujón necesario.
Un abrazo inesperado me sacó de mi ensoñación...o eso creí, porque cuando abrí los ojos, nadie me abrazaba, sin embargo el calor de un cuerpo y unos brazos familiares consiguieron alejar el frío que me envolvía el alma.
Paula.
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