En esta ciudad todos caminamos con un hueco en la cabeza, o en el pecho, otros van con la mandíbula volada, o con el ojo vacío. Depende de donde te de la bala, todos estamos muertos. Todos tenemos una historia siniestra, un cementerio común, un verde valle que nos maravilla y nos aterroriza por igual. Transitamos por sus autopistas como parásitos sanguíneos que por momentos de febril paroxismo nos acumulamos en tal concentración que nos asfixiamos los unos a los otros. Algo esta reventando siempre, la sangre fluye, en unos días mas que en otros. Caracas es caníbal y voraz, da miedo pensar que aún habiendo nacido en otra ciudad de costumbres menos elegantes y en la que nada maravilla porque las vistas son mustias y arenosas, la vegetación acaso alcanza un metro del suelo, hallamos venido a parar en este valle de lágrimas y gritos sordos de horror.
Supone un suplicio y un suicidio embarcarse en el día a día de está desvencijada y otrora vivaz ciudad con olor a metal. La dejo y la extraño, regreso y me horrorizo. Me maravilla lo que me muestra, me asusta lo que esconde. Lo que nos depreda y nos hipnotiza.
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